jueves, 7 de julio de 2011

El Tiempo
























Nos esforzamos por vivir una vida "de prestado". Convenciéndonos a nosotr@s mism@s de que nuestros cuerpos no son nuestros y que solamente es un tránsito el tiempo que estamos aquí. Nos da miedo reconocernos a nosotr@s mism@s que, en el fondo, a veces pensamos en que después no hay nada.
Nada.
Curiosa forma para definir la ausencia de el Algo.
Con la idea en mente de la falta de ese algo, que lógicamente somos de nuevo nosotr@s mism@s, caemos en la cuenta de que cesamos de existir. Que será como si nunca hubiésemos nacido, ya que, en el grueso de la línea del tiempo, ocupamos un espacio tan ínfimo que eso nos convierte en poco más que una ola en la arena, desde una visión global.
Podemos soportar que nuestros seres queridos mueran. Que se produzcan masacres y que sucedan los desastres naturales, pero no podemos manejar la idea de que después no haya más que la "no existencia" en sentido estricto. Porque el ser humano anhela existir sobre todas las cosas. Existir en sí mismo. Como una vena radical de egoísmo en esta vida "aparente" de generosidad que llevamos.
Con ese egoísmo impreso en nuestro código genético, creamos a un ser imaginario que, implícitamente (y explícita también, de hecho) controla nuestras vidas. Desde que nacemos, hasta que morimos, dándonos paso a algún tipo de paraíso en el que se verá recompensado todo nuestro esfuerzo vivido.
Nos ponemos normas, reglas para agradar más a ese ser superior, de hacerle la pelota vilmente para alcanzar en ese paraíso una butaca más cómoda que la que posee nuestr@ vecin@ de enfrente, sin darnos cuenta de que en realidad adoramos a ese ser porque tenemos un inmenso terror a desaparecer, y nos internamos más en una espiral -decididamente- descendente de auto-convencimiento absurdo de qué cosas tenemos que hacer para ser felices, haciéndonos infelices, por ende, cuando no las conseguimos.

¿Y si nos limitáramos a disfrutar del viaje?

miércoles, 6 de abril de 2011

Amistades que enamoran

Nota informativa: Esto no desdice mi anterior post. Sigo sin creer en el amor. Sólo creo que la palabra “amor” es más que adecuada para describir una amistad por la que un@ daría la vida.

Durante toda mi vida he sentido que me equivocaba; que mi forma de querer era errónea, dado que casi siempre tendía a enamorarme de personas de mi mismo sexo. Cuando me decidí por fin a analizar en profundidad los conceptos de amistad y amor, no los vi tan distantes:

En ambos quieres a la persona.

En los dos, en muchos casos, darías tu vida por protegerl@.

Cierto es que a veces no son correspondidos. ¿Quién no ha tenido un/a amig@ que sigue volviendo aunque a un@ le caiga mal, o alguien a quien un@ quisiera caer mejor, pero que l@ ve demasiado distante para considerarl@ seriamente un/a amig@?

También es verdad que esas amistades o esos amores nos pueden condenar cuando el acercamiento no está bien visto por nuestro entorno social.

Muchas veces a lo largo de la historia se han visto los casos de hombres y mujeres homosexuales o bisexuales que tenían amig@s especiales con los que iban a todas partes y que, tarde o temprano, acababan revelándose como sus amantes, en la mayoría de los casos. ¿Era realmente mentira que fueran sus amig@s?, o ¿es que la existencia del amor no implica también la existencia de una amistad entre esas dos personas?

Personalmente, no puedo imaginarme un amor auténtico sin que esté presente, de forma implícita, la amistad. Muchas veces escuchamos la frase l@s amig@s son antes que l@s tí@s, pero no nos paramos demasiado a pensar que es@s ti@s a l@s que nos referimos, también son (o deberían ser) amig@s y que merecen (¡por lo menos!) el mismo trato que el resto de nuestras amistades.

El sexo…

Un@ puede acostarse con sus amig@s. No es nada del otro mundo, yo personalmente lo he hecho cientos de veces. El sexo es sexo. El problema aparece cuando la persona a quien consideramos nuestr@ amig@ no comparte nuestra misma sexualidad. Nos enamoramos de esa persona y la tratamos como trataríamos a nuestro mejor amig@, porque no podemos hacerlo de otra forma, porque no hay otro tipo de expresión fuera del amor que se parezca tanto.

¿Y por qué fuera del amor?

Imaginemos que esa persona comparte nuestro sentimiento, pero es heterosexual y nosotr@s somos homo o bisexual y, perteneciendo amb@s al mismo sexo, no hay posibilidad de emparejamiento. Sin embargo, seguís sintiendo l@s dos las mismas emociones. Pero no te puede besar. No puede tocarte. No puede acariciarte; y aunque tú sí te ves capaz de hacerlo, no lo haces (en la mayoría de los casos) por respeto. Ese jodido respeto que te obliga a alejarte de la persona a la que más quieres en este puto mundo y que sólo te saltas cuando vas (o amb@s vais) un poco pedo y los límites de la amistad y el amor se emborronan por la desinhibición de los sentimientos y la embriaguez de los sentidos.

Pero sigues sin decirle que læ quieres.

¿De quién es la culpa?

Es habitual en la sociedad en la que vivimos que queramos culpar a alguien por nuestros propios fallos (o los de la gente que nos rodea), pero nuestra subjetividad personal muchas veces no nos deja hacerlo adecuadamente. Cuando queremos a alguien de esa forma, esa subjetividad personal nos obliga a declarar a esa persona inocente de todos los cargos. Al fin y al cabo ¿tiene él/ella la culpa de no estar enamord@ de nosotr@s?...

Aunque si lo pensamos bien… ¿es cierto que no lo está?

Sus abrazos parecen tan intensos como los nuestros (¡y cómo adoramos esos abrazos!, ya que son esos los momentos en los que más cerca estamos). Su sonrisa cuando nos mira… es diferente de cuando mira a cualquier otr@. Nos dice que se siente más a gusto con nosotr@s que con el resto del mundo. Pero no puede besarnos. ¿Por qué?

Es cierto que cuando decimos para nosotr@s mism@s no es culpa suya nos estamos auto engañando para no hacerlæ culpable de lo que creemos que es un fallo nuestro, pero de lo que no nos damos cuenta es de que tampoco es un fallo nuestro.

¿Es demasiado tópico decir que es culpa de la sociedad? Quizá, pero eso no lo hace menos cierto.

Esa persona está tan enamorada de nosotr@s como nosotr@s de él/ella (o por lo menos en algunos casos es así), pero su condición pública (y real) de heterosexual podría verse dañada por nuestra causa si expresa de forma tan abierta como nosotr@s el cariño que nos profesa, ya que, aunque no sea un cariño sexual, aunque no desee físicamente acostarse con nosotr@s, sí sabemos que nos besaría y nos demostraría constantemente el amor que nos tiene si las cámaras de fotos no estuvieran delante. Por eso nosotr@s tampoco le exigimos (como sí le exigiríamos si fuera nuestra pareja públicamente reconocida) muestras de aprecio manifestas ¡y aún así hay veces que tenemos que pararl@ porque se le escapan algunas!

Pero es nuestro deber protegerl@ de esas muestras y de lo que podría pensar la gente de ellas. No porque a estas alturas creamos en lo que piensa la gente (¡por favor!) o porque dudemos de su juicio, sino porque nosotr@s sabemos de primera mano que, probablemente, infuiría de forma negativa en su entorno social y en su vida personal. Suficiente es que un@ de l@s dos tenga la mala fama de ser homosexual.

Así, si læ queremos de verdad, nuestra mayor (y más difícil) muestra de amor diaria, es no expresar nuestros sentimientos.

Aunque duela.